Petición Audaz*

Cuando vivía en Alaska, a menudo trabajaba como cantante. Esto implicó muchas horas trasnochada, y además cada vez más demanda de mis canciones.  Llevar mi “bolsa de conciertos” lleno de gráficos y además de la maleta con los equipos, esto se volvió realmente difícil en invierno. Una tarde, después de una presentación que duró mucho en una noche de diciembre, que estaba terriblemente nevada, llegué en autobús a mi vieja carpa arrastrando mi bolso detrás de mí a través de la ventisca. Llegué a mi auto completamente exhausta, solo para encontrarlo literalmente enterrado en la nieve.

Suspiré y dije: “Señor, ¿tiene que ser tan difícil?” En ese preciso momento, un pequeño sismo sacudió el piso. Nada catastrófico, solo un pequeño movimiento, pero lo suficiente como para balancear un poco mi auto y limpiarlo completamente de la nieve que tenía encima. Lo mismo sucedió con el bajista que había estacionado cerca. “Solo en Alaska”, dijo riendo. Pero pensé: “Sólo con tu poder, Señor”.

¿Fue solo una coincidencia graciosa o Dios me estaba brindando ayuda? De cualquier manera, el punto es válido: honramos a Jesús cuando somos audaces en pedirle ayuda. El centurión que se acercó a Jesús entendió esto cuando reconoció: “No soy digno … pero solo digo la palabra”. Sabía con quién estaba hablando, reconocía la verdadera autoridad, y sus oraciones fueron respondidas rápidamente. Reflexión basada en Mateo 8: 5-11

*Original de ELIZABETH M. KELLY

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