La Abuela

Es un relato contado por John A. Heitzler, MD

Cuando mi esposa, Joan, dio a luz a nuestro quinto hijo, estábamos en la sala de partos su obstetra, dos enfermeras y yo, cuando de pronto una partera tranquila y sin pretensiones, Johannah O’Hanlon, entró, y sin decir una palabra, salvó la vida de Joan.

Para comprender la importancia de este milagro, se necesita saber un poco más sobre los antecedentes de esta partera excepcional. Johannah O’Hanlon era la abuela de Joan. Cuando era una joven mujer, ella y sus dos hermanos fueron enviados los Estados Unidos desde Irlanda por su padre, Michael. Michael regularmente se peleaba con los soldados ingleses, montaba a caballo a medianoche en misiones ilegales y luego  escondía a sacerdotes católicos en unas habitaciones secretas dentro de su casa. En ese tiempo era un gran peligro, y Michael temía por la vida de toda su familia, particularmente de su hija especial, Johannah, quien demostró una notable caridad por todos los rebeldes que se refugiaban en la oscuridad de la noche.

Después de emigrar a los Estados Unidos, vivió con sus tíos en una granja en Sterling, Illinois, hasta que con sus dos hermanos y su prometido, pudieron construir su nuevo hogar.

Cuando se terminó la casa, se casó y se mudó a la bulliciosa comunidad irlandesa en Chicago. Ella dio a luz a su primer hijo, que vivió sólo seis meses y por complicaciones de neumonía falleció. Pasó un tiempo y nació su segundo hijo, más bien, una hija, Marie. Cuando Marie tenía dos años, la abuela O’Hanlon se convirtió en partera y se quedó con su familias hasta seis semanas después del parto. Se llevó a Marie con ella y le enseñó cuando estaban fuera de casa. Marie se convirtió en una hermosa joven y en su momento encontró el amor de su vida, se casó y se mudó a su propia casa en los suburbios de Chicago.

La abuela O’Hanlon continuó con su servicio de partera, pero cuando su esposo murió a los sesenta años, la familia la alentó a mudarse con Marie, quien ahora tenía una hija propia, Joan (mi futura esposa). Allí, el amor que la abuela O’Hanlon y Joan compartieron finalmente los unió, de tal manera que superaría los límites del tiempo y el espacio. Joan solía decir que cuando se metía en problemas con su madre, iba al regazo de la abuela O’Hanlon, y se ponía a salvo.

La abuela O’Hanlon continuó con su oficio de partera, pero, en ese momento, había un prejuicio considerable contra la población irlandesa en Chicago, por lo que principalmente atendía los partos de bebés de la comunidad irlandesa, en el lado sur de Chicago. Si una familia no podía pagar sus servicios, y era necesario que ella interviniera, entonces lo hacía gratis. Recuerdo a una familia muy agradecida y casi sin dinero, pero nombraron a la abuela O’Hanlon en su testamento. Resultó que el lote de terreno que heredó en Chicago, cerca de la autopista Dan Ryan, era muy valioso.

La abuela tomaba el tren hacia la ciudad y se bajaba cerca de Madison Avenue. En aquellos días, había muchos hombres sin hogar en las calles, y ella siempre tenía algo para ellos. Mis amigos pensaron que era una tonta por dar dinero a las personas sin hogar, ya que a menudo lo usaban para comprar alcohol, pero la abuela, simplemente dijo que hizo lo que Dios quería que hiciera, y lo que hicieran los hombres con el dinero dependía de ellos. Ella se convirtió en un modelo espiritual para toda la familia.

El quinto embarazo de Joan transcurrió sin incidentes, y, cuando la ecografía reveló que estábamos esperando otro niño, decidimos llamarlo Michael, en honor al padre de la abuela. De seguro a ella, le gustaría mucho.

Las contracciones de parto comenzaron el 14 de marzo y el día quince, fuimos al hospital. Llamé a mi colega, Dr. Michael Hussey, para que atendiera el parto. Con las contracciones cada vez más seguidas, Joan fue trasladada a la sala de partos donde había una gran cantidad de actividad, el obstetra más ocupado (yo) no estaría decepcionado con su equipo. Traté de mantener mi papel de esposo y padre, de no participar como obstetra. Todo salió bien, Joan dio a luz un bebé sano sin anestesia ni dolor. Después del parto, la rutina en esos días era explorar manualmente el útero para asegurarse de que no quedara parte de la placenta. Durante el procedimiento, Joan comenzó a tener un considerable dolor.

Para disminuir el dolor durante el procedimiento, El Dr. Hussey sugirió que le dieran el medicamento estándar en ese momento, Trilene, que se administra con una máscara para inducir un sueño profundo. Joan dudó en aceptarlo, porque no quería quedarse inconsciente, pero finalmente estuvo de acuerdo. Cuando la enfermera estaba a punto de ponerle la máscara sobre la cara, Joan levantó la vista y vio a la abuela O’Hanlon, que acababa de entrar en la habitación y se encontraba a los pies de su cama. Estaba vestida con su típico vestido azul con pequeños lunares blancos y un chaleco de punto gris. Su cabello era blanco y recogido en un moño en la parte superior de su cabeza. Ella no dijo una palabra, pero se quedó allí, sacudiendo la cabeza, con el brazo en la cadera y una expresión de disgusto en su rostro. Joan se dio cuenta de inmediato de que su amada abuela no quería que aceptara la anestesia, por lo que apartó la máscara.

Nadie recordaba que Joan había cenado una gran comida antes de iniciar el trabajo de parto, y dos minutos después de rechazar la anestesia, vomitó toda esa comida. Si la máscara hubiera estado en su rostro, fácilmente podría haberse ahogado y aspirado el vómito a sus pulmones, lo que seguramente la habría matado.

La abuela O’Hanlon, sin decir una palabra, salió de la sala de partos tan pronto como llegó, su misión estaba completa, nadie notó su presencia en la sala. Joan, una vez más, llegó a la seguridad y calor del regazo de su abuela; su amor incondicional trascendió todos los límites terrenales, porque la abuela O’Hanlon había muerto veintidós años antes.

*Historia de Médicos nunca contadas. Scott J. Kolbaba MD

mariposas

 

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