DECÁLOGO PARA EDUCAR A LOS HIJOS

DECÁLOGO PARA EDUCAR A LOS HIJOS
Por Pedro Abad Terán.

  1. Dedique tiempo a los hijos, para hablarles con sencillez y cariño de las cosas importantes y las posibilidades de ocupar su tiempo sanamente, y para orientarlos cómo enfrentar situaciones de riesgos, por ejemplo, de agresiones, de abuso o de drogadicción. Siempre con la intención de generar procesos de maduración de su libertad que lo lleven a una auténtica autonomía.
  2. Promueva libertades responsables, para que los hijos elijan con sentido e inteligencia cuando el panorama presente varias opciones. Que comprendan que sus decisiones tienen consecuencias en su vida y en la de su comunidad, y que concienticen que esa libertad es un hecho poderoso.
  3. Desarrolle hábitos e inclinaciones afectivas a favor del bien, mediante un diálogo formativo sensible, pero que además incluya expresiones adecuadas a la edad y realidad de los hijos. Téngase presente que para progresar hacia valores aún más trascendentes, se debe desarrollar en los hijos el hábito de la renuncia a la satisfacción inmediata, en pro de la adaptación y cumplimiento de una norma, y de esta manera asegurarse la convivencia sana. Con educación moral activa, es decir con demostraciones vivenciales, se procurará, que sean los mismos hijos quienes llegan a descubrir la trascendencia de determinados valores, principios y normas.
  4. Eduque en lo moral, puesto que esto implica cultivar la libertad y esta es tan valiosa que los hijos no deben perderla. Las convicciones en los valores se transforman en un obrar virtuoso estable, y aquel que lleva una vida virtuosa no caerá en la esclavitud de la acciones que deforman la humanidad de las personas, que además los llevan a terrenos inclusive antisociales. La libertad es dignidad humana, y la usamos movidos por convicciones arraigadas en nuestro más profundo ser, entonces eduque en lo moral a los hijos para que continúen libres.
  5. Corrija a los hijos sin exasperarlos, reconociendo también sus aciertos y esfuerzo, de esta manera, la sanción se convertirá en un estímulo, y reconocerán que las faltas siempre tienen consecuencias. Es importante que nazca la capacidad de empatía cuando se ha hecho daño a alguien más. Es decir, debe reconocer que se ha causado sufrimiento y que debe pedir perdón. Los padres orientarán con firmeza en este sentido, pero nunca con ira. Además, deben reconocer que algunas faltas son cometidas por fragilidad de la condición del hijo, como por ejemplo: su edad. Y recuerde que una actitud castigadora permanente, solo conseguirá irritar y desaminar a los hijos. La disciplina debe convertirse en un estímulo para crecer como persona en sociedad, pero nunca debe ser causa de agobio y ansiedad de cumplir deseos ajenos.
  6. Sea paciente y realista, para no provocar resentimientos y actitudes forzadas, contrarias a la convicción de actos que se desea inculcar en los hijos. Es decir, no exija sacrificios desproporcionados, más bien debe educar en pasos pequeños para gradualmente, pero de forma segura, ir consiguiendo los cambios deseados en el comportamiento de los hijos. Los valores no están realizados en el mismo grado en todas las personas, por eso la formación ética pudiera generar desprecio y rebeldía, sobre todo cuando uno de los padres proyecta un mala imagen. Los hijos deben ser conscientes de esta imperfección en la formación en valores, para que adquieran una actitud más positiva en su propia formación y se dejen ayudar en el camino de la conciliación con la sociedad. Recuerde que, hay que ir paso a paso cuando se plantean valores, y por ningún motivo pretenda usar métodos rígidos.
  7. Eduque para la capacidad de esperar, para que los hijos no se conviertan en atropelladores que buscan la satisfacción inmediata a sus necesidades. Que los hijos reconozcan que posponer no es negar el deseo, sino tan solo diferir. La actitud impaciente limita la tan valiosa y poderosa libertad, porque quien no puede esperar el momento oportuno no es dueño de sí mismo. Por tanto, eduque para esperar, posponer y controlarse mientras llega el momento adecuado. Si la familia vive en armonía, los hijos aprenderán, sin mayor contratiempo, a esperar por el simple hecho de las exigencias diarias de convivencia familiar.
  8. Eduque para saber habitar, y eduque desde el hogar para el mundo, porque el mundo entero debe ser tratado conscientemente como nuestro hogar. En la familia se empieza a socializar y se aprende a colocarse frente a los demás para interactuar con ellos, es decir, para compartir, para escuchar, para esperar, para soportar, para ayudar a otros, y un sinnúmero de acciones de convivencia. Se enseña a los hijos para ir más allá de los límites de la casa, a la vecindad, con el saludo cortés y el trato amable. Los hijos deben reconocer que hay personas con las que interactuamos, con unas más y con otras menos, pero que todas ellas también merecen nuestro afecto en procura de la sana convivencia en armonía y cooperación.
  9. Eduque en materia de sexualidad, de manera positiva y prudente, considerando la etapa cronológica que viven los hijos, y tomando en cuenta los avances científicos de la psicología, la pedagogía y la didáctica, para que la información entregada sea un aporte a su desarrollo integral como ser humano, y no un motivo más de confusión y obstáculo en el cultivo de su libertad. Es deber de los padres ayudarles a reconocer las amenazas que mutilan la sexualidad como pornografía y publicidad sobrecargada de estímulos, pero también es su deber guiarles hacia influencias positivas que conduzcan a las auténticas expresiones de amor, cuidado mutuo, ternura y comunicación significativa. En este contexto, la unión sexual dentro del matrimonio es el indicativo de un compromiso total. Recuerde además, que es mejor avanzar con paciencia antes que bombardear de información y que esta termine perdiéndose. Mediante una educación sexual reflexiva se ayuda a los hijos a aceptar su cuerpo, y por consiguiente a aceptar su sexualidad.
  10. Transmita la fe, a partir de la conciencia plena del amor que Dios tiene por todos nosotros, y así la familia, siendo una iglesia doméstica, se convierte en el motor evangelizador más potente de la sociedad. El hogar es el lugar más apropiado para enseñar a orar, para enseñar a vivir en servicio de nuestros semejante y, en definitiva, para enseñar el porqué de nuestra fe y las virtudes de esta. Los padres que buscan a Dios en una experiencia de vida, quienes inequívocamente dan testimonio de la confianza en Dios, son los padres que enseñan a sus hijos su obra y su fidelidad. Los padres son los evangelizadores de su propia familia, por eso, es recomendable que participen de la catequesis familiar. Recuerde además, que la máxima fuerza evangelizadora proviene de la oración en familia.
  • Referencias
    Papa Francisco. (2016). Exhortación apostólica postsinodal Amoris Laetitia.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s