«Veni per Mariam!»

LA PALABRA DE LOS PASTORES

“Veni per Mariam!”

Pidamos a la Virgen María la gracia de la conversión a su Hijo, pidámosle que convierta nuestra mirada a Cristo, que nos atraiga una vez más hacia Él, verdadera Belleza.


Mons. Paolo Pezzi Arzobispo de Moscú

La primera lectura de la Liturgia de hoy, fiesta de la Dedicación de la Basílica del Santuario de Fátima, pone en evidencia el encanto cargado de gratitud de Salomón. Éste está encantado y agradecido porque Dios vino a habitar en medio de su pueblo, porque está presente y actúa en la vida del rey Salomón y de su pueblo. Dios cumplió la promesa que le había hecho a David, su padre: la promesa de construir un templo, un lugar que fuese signo permanente de la presencia constante de Dios entre nosotros. El Salmo 132 expresa el mismo encanto, añadiendo un pormenor conmovedor: «el Señor edificó una morada y en esta morada encuentra descanso». Sí, sólo cuando el Señor encuentra finalmente un lugar donde habitar en medio de nosotros, sólo entonces es cuando encuentra reposo. Porque desde siempre ha deseado habitar con nosotros.

El templo indestructible donde Dios habita

Al mismo tiempo, el templo de Salomón no es el lugar del definitivo descanso de Dios. Es una etapa más. El Señor no encuentra su verdadero y definitivo reposo en templos de piedra. El templo de Salomón, de hecho, sería destruido y después reedificado dos veces más. Casi se diría la inexorable, la triste fragilidad de todo lo que el hombre construye con el arte de sus propias manos, aun cuando su finalidad es la gloria de Dios. En efecto, el poder de este mundo odia todo lo que da gloria a Dios, que llama nuevamente a los hombres a su presencia. Y por eso siempre odia la belleza del templo, que de esta Presencia es un signo visible.

Sí, queridos amigos, no necesitamos volver a Nabucodonosor para llegar a esta amarga confirmación. También nuestra historia reciente está marcada por la dolorosa destrucción de los templos de piedra, de las iglesias. ¡Cuántas iglesias han sido destruidas en Rusia en el siglo pasado, haciendo invisible la humanidad nueva que nace de la fe, con el único objetivo de eliminar esa belleza que con su presencia atrae a los hombres hacia Dios! ¡Y cuántas han de construirse aún!

En cierta manera, la historia misma de Israel, tan marcada por la oscilación entre destrucciones y reconstrucciones, es una historia que continúa en la historia del Israel de Dios hasta el fin de los tiempos.

No obstante, ocurría al mismo tiempo algo nuevo. Dios encontraba finalmente el descanso, pues se construyó un templo que no puede ser destruido, un templo «no construido por manos humanas», un templo que no es de piedra. Y ese templo indestructible en el que Dios habita es el Cuerpo de Cristo resucitado: Él mismo, muerto y resucitado, es el templo definitivo, destruido y reedificado para siempre, y de este templo, por la gracia, como piedras vivas, formamos parte también nosotros. Nuestra comunión en Cristo es entonces el verdadero sitio en el que Dios descansa. […]

Sin la adoración, enseguida se enflaquecen el sentido y el gusto de la vida

Sí, Cristo mismo es el lugar a donde se eleva nuestra oración: permaneciendo en Él, en su Cuerpo vivo, nos abrimos a la verdadera adoración de Dios Trinidad, como canta Santa Catalina: «¡Oh abismo, oh Trinidad eterna, oh Deidad, oh mar profundo!: ¿podías darme algo más preciado que tú mismo? Tú eres el fuego que siempre arde sin consumir; tú eres el que consumes con tu calor los amores egoístas del alma. Tú eres también el fuego que disipa toda frialdad; tú iluminas las mentes con tu luz, en la que me has hecho conocer tu verdad» (cf. Santa Catalina de Siena, Diálogo sobre la Divina Providencia, 167).

Sí, queridos hermanos y hermanas. Cuando en nuestra vida cotidiana se elimina la adoración, impregnada de gratitud y encanto, a la Santísima Trinidad, entonces, enseguida enflaquecen el sentido y el gusto de la vida.

Por eso, tenemos siempre la necesidad de oír nuevamente la viva voz de Cristo para ser renovados.

No existe fuerza en el mundo que pueda limitar el poder del Espíritu

Dice Dionisio el Areopagita: «¿Quién nos podrá hablar del amor al hombre, propio de Cristo, rebosante de paz?». ¿Quién podrá dar alegría y fuerza a nuestros días, quién podrá dar consuelo en el dolor que acompaña inevitablemente a la vida? Pues la vida, como dijo un gran poeta, está hecha en partes iguales de alegrías y sufrimientos. La Voz que hace resonar el Verbo siempre nuevo y en modo nuevo, la Luz que nos muestra a Cristo vivo y presente ahora, es el propio Espíritu Santo, que es Dios. El Espíritu por el que el Padre resucitó a Jesucristo de los muertos es el mismo Espíritu que nos hace reconocer a Cristo presente y vivo en la fe. Así como el Cuerpo de Cristo es el templo que no puede ser destruido, el don del Espíritu no puede ser detenido. No existe fuerza en este mundo que pueda limitar el poder del Espíritu. Por eso, toda nuestra tarea, nuestra mayor responsabilidad, es la de identificar cada vez más nuestro respiro con el grito: «Ven, Señor», «Ven, Santo Espíritu», como dice la oración del peregrino ruso. Así podremos llegar a repetir como nuestras —tímidamente, pero con sinceridad— las palabras de San Pablo: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (cf. Ga 2, 20).

Dios preparó para sí una digna morada para realizar el misterio de la salvación
“Virgen Soberana”, por Ivan Belsky -Museo Hermitage, San Petersburgo (Rusia)

Sin el don del Espíritu el hombre no puede hacer nada, todo se vacía, todo se vuelve mentira, todo se torna triste. Por medio del Espíritu, por el contrario, entramos siempre más en lo íntimo del Corazón de Cristo, y así acogemos en nosotros la misma comunión trinitaria, conforme la promesa de Jesús a sus discípulos: «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él» (cf. Jn. 14, 23).

Pidamos a María la gracia de la conversión

Queridos hermanos y hermanas. El hombre contemporáneo espera, quizá inconscientemente, la experiencia del encuentro con personas para las que Cristo es una realidad tan presente que les cambió sus vidas.

Pidamos a la Virgen María la gracia de la conversión a su Hijo, pidámosle que convierta nuestra mirada a Cristo, que nos atraiga una vez más hacia Él, verdadera Belleza; pidámosle que nos acerque siempre más a Él para que habitemos constantemente en Él, verdadero templo, lugar de toda la paz, consuelo, creatividad para nuestra vida y para los hombres nuestros hermanos.

Obra maestra de la Santísima Trinidad, entre todas las criaturas, es la Virgen María: en su corazón humilde y lleno de fe, Dios preparó para sí una digna morada para realizar el misterio de la salvación. El Amor divino encontró en Ella una adhesión perfecta y en su seno el Hijo de Dios se hizo hombre. Con confianza filial dirijámonos a María, para que, con su ayuda, podamos progresar en el amor y hacer de nuestra vida un canto de alabanza al Padre por medio del Hijo en el Espíritu Santo.

Hagámoslo con una antigua fórmula de oración de la tradición de la Iglesia, que bien expresa nuestro deseo de ser una única realidad con su Hijo: Veni Sancte Spiritus, veni per Mariam.

(Fragmentos de la homilía durante la Peregrinación Internacional, 1211012011. Traducción Heraldos del Evangelio.


Tomado de la Revista Heraldos del Evangelio • Noviembre 2011

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