SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

R Is 40: 1-5,9-11; 2 Pedro 3: 8-14; Mc 1: 1-8

A veces quienes nacimos en lugares que están llenos de árboles y vegetación, en donde la tierra produce lo que se le pide, no sentimos la escasez del desierto. El solo imaginar kilómetros y kilómetros de arena, y nada, pero nada de agua se estremece el cuerpo.

Pero hay pueblos enteros que nacieron en el desierto, y la escasez es constante. Pueblos que hasta la actualidad tienen problemas para conseguir que sus tierras produzcan algo.

El Desierto del Medio Oriente, que es en donde se desarrollan las lecturas de hoy, nos muestran ese desierto, en el que falta de todo. El viento, muchas veces, no deja ni siquiera avanzar. Cuando Josué y los suyos miraron el Jordán, era un hecho que esa era la tierra prometida.

El ofrecimiento es que llegará un tiempo en el que, nada faltará; todo estará cubierto y todo será felicidad, pero para llegar a ese lugar y tiempo, es necesario atravesar primero el desierto. Una significación un poco extraña para nuestros tiempos, en donde todo tiene que ser fácil, porque si no lo es, debemos abandonarlo y buscar algo que sí sea fácil.

Josué, para poder establecerse en la Tierra Prometida, tuvo que conquistarla ¡Vaya contradicción! Pero si es prometida ¿por qué debe conquistarla? Exacto, una cosa es la oferta y otra muy distinta es que seas merecedor del premio. En una carrera te ofrecen un premio, un gran trofeo o un millón dólares, pero debes ganar la carrera. Si no vas a la carrera no hay ni siquiera el ofrecimiento ¿Verdad?

En el Antiguo Testamento, por la singularidad de aquellos tiempos, la forma de conquistar era con la guerra. Pero avanza el tiempo, y en la propia profecía de Isaías, ya se habla de otra manera de «conquistar». Llega con una «voz que clama en el desierto» que anuncia la llegada de un «Salvador».

En esto debemos concentrarnos, porque en verdad, es muy difícil «ganar la carrera», por eso viene este Salvador a ayudarnos a competir, en realidad «competir» es solo una forma de decirlo. La verdad es que la conquista que debemos hacer de «nuestra tierra prometida», es de entrega. Así nos lo dirá el Salvador que llegará pronto.

Por eso, para merecer el premio, debemos creer en ese Salvador que nos sacará del desierto en la que vive nuestra alma, escuchar y poner en práctica su Buena Nueva; en Adviento, lo estamos esperando. Juan el Bautista ya lo anuncia y las campanas celestiales suenan con la llegada de quien conquistará la Tierra Prometida para todos los que crean el Él.

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