Tercer Domingo de Adviento

R TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

R Is 61: 1-2a, 10-11; 1 Tes. 5: 16-24; Jn 1: 6-8,19-28

La tónica del Adviento es la espera, y justamente en esa espera se encuentra el anuncio. Hay un hombre que anuncia la llegada de un Salvador. Ese hombre está vestido con cuero de camello y se alimenta de insectos. Un tipo que empieza a gritar a los cuatro vientos que, el tiempo se acaba, arrepentíos. Entonces, la religión establecida de ese tiempo le interrogó. ¿Y tú quien eres? Es decir, algo así como ¿Y tú qué te crees para que nos hables así?

En estos tiempos actuales pasa algo parecido cuando se acerca la Navidad. Sostienes que viene un Salvador y ni siquiera sabes de donde salen a interrogarte ¿Y tú, quien eres? Sí, es la pregunta que cala en cada persona que proclama que viene el Cristo, el Salvador del mundo. Es más, te hacen preguntas tan extravagantes como ¿no sabes que Jesús no nació el 25 de diciembre?

El problema se vuelve mayor cuando, ni siquiera te dejan contestar, porque tras la pregunta te tachan de fanático, de loco, de perturbado mental y una serie de epítetos, muchos de los cuales son impronunciables. La misma pregunta le hicieron a Juan el Bautista, a él también le cuestionaron sobre quien era para anunciar al Hijo de Dios, pero en su caso, fueron los sacerdotes, sí, los de la religión establecida, no fueron los romanos ni grupos religiosos de «no creyentes»; sino que fueron los llamados a entender los signos de los tiempos. Le preguntaron ¿Eres el Cristo que ha de venir?

Y Juan el Bautista respondió: No lo soy, -¿Entonces quien eres tú?, insistieron, a lo que el santo respondió: «Soy la voz que clama en el desierto».

Amigo mío, yo le pregunto a usted, ¿qué debemos responder ahora? No somos el Cristo, no somos Elías ni tampoco Juan el Bautista, y por no ser ninguno de esos grandes personaje, debemos tomar las palabras de uno de ellos y dotar a nuestra respuesta del valor de la verdad y decir con fuerza «Soy la voz que clama en el desierto», porque estamos en el desierto y es justo evocar las palabras del profeta Isaías, tal como lo hizo el Bautista, para anunciar un Salvador, anunciar al Mesías prometido.

Pero, siempre hay un pero, y esta vez este pero implica mucha persecución, mucho daño en contra de esa voz que anuncia la Luz. A juan el Bautista, decir la verdad le costó la libertad y luego la vida. Pero fue él, precisamente, quien anunció la Luz del día, que después San Pablo nos dirá en su carta a los Tesalonicenses. «Ustedes son la Luz del Día». Esa voz que clama en el desierto se volvió la Luz del Día. Figurativamente, el desierto pasó a ser productivo, la oscuridad desapareció con la Luz.

Nosotros, los católicos somos los llamados a ser esa Voz que se convierte en Luz. Nosotros los católicos somos los que anunciamos la Buena Nueva para llegar, por fin, al Reino de Jesucristo, y, cuando estemos en su Reino no habrá más escasez ni desierto, no habrá más oscuridad y tinieblas. Sólo la Luz y la abundancia serán reales.

Se acerca la Navidad, se acerca el momento de recibir a la Palabra hecha carne, a Dios encarnado. Y estamos esperándolo y anunciándolo. Estemos firmes en ese cometido.

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