El taxista y el diablo

Era de esos países, en donde la tarde se pinta de banderas; su amarillo cielo se combina con el rojo crepuscular, propio de un litoral cansado de descansar en el paraíso de la productividad. En una ciudad de aquel país, vivía un eterno enamorado de las mujeres, era de esos que caminan para conquistar y que hablan para encantar. Su boca con sus tonalidades, es capaz de bajar las estrellas, para con ello conseguir su cielo. Pero no, no era un poeta bohemio perdido en los placeres del alcohol, claro que no, era simplemente un profesional del volante, un taxista que creía que el cielo solo se ganaba, amando lo mundano de una mujer hermosa.

Joven aún, pensaba que su taxi era la puerta perfecta para enamorar incautas, y así se pasaba sus días al volante, divagando y hasta quizá, soñando en su próxima conquista de amor. Pero esa tarde era diferente, en realidad parece que uno de los ángeles del cielo estaba en forma de mujer, allí mismo, junto a su auto en la estación del autobús; vestía un traje rojo rubí destellante de luces que, dejaba ver un poco más de lo que pide la imaginación. Con una voz más dulce que la panela y más embriagante que el aguardiente, le pidió una carrera; apresurado abrió la puerta del coche y esperó que subiera en el asiento delantero, era imposible que una belleza tan celestial vaya en el asiento de los pasajeros comunes y corrientes. Aquella mujer aceptó el honor y mientras se sentaba, el rayo de luz de sus muslos deslumbró al taxista, que ya empezaba a entrar en éxtasis.

Fueron por las rutas de esa caliente y sudorosa ciudad hacia las afueras; Se podía disfrutar de los hermosos paisajes, llenos de plantaciones de banano, que pronto serán vendidos al extranjero, así como los pastos con el ganado brillante y que será carne y leche. El taxista era un verdadero experto en temas de exportaciones y agropecuaria.

Al final del camino se encontraba un edificio en medio de un cañaveral, muy hermoso, un tanto extraño pero a la vez atrayente. Salía mucha música de moda y a través de sus vitrales, se lograba distinguir las siluetas exuberantes de los placeres de este mundo.

-Ven, le dijo la mujer, nos están esperando para una eternidad de placer;

Acompáñame, insistió, ahí dentro tendrás lo que siempre ha llenado tu mente en deseos.

El taxista se quedó pensativo por un momento y el cuerpo se le heló. Era como si un rayo de hielo le entrara por su cabeza y llegara hasta su último dedo del pie; Cualquiera utilizaría la palabra: Escalofriante. Pero él no, él quería continuar.

Ella, muy suavemente tocó su mano, el taxista sintió el fuego mismo del infierno, pero muy cauto solo sonrió y le dijo:

Sal tu primero, yo solo estaciono el auto y te sigo.

En el preciso momento que cerró la puerta, el taxista aceleró su carro como alma que lleva el diablo, y huyó por el pequeño sendero que antes, lo había llevado allí.

Pasaron los días y el susto lo llevaba dentro. Estaba tembloroso y temeroso. En casa casi ni comía. Su esposa se preocupaba por el antes orgulloso amante. Un día, se tropezó en la calle con un pastor bautista, a éste le contó su experiencia terrorífica. El pastor le regaló una pequeña Biblia, de esas que regalan en los hoteles. Texto que desde ese día leía para calmar sus ansias de banquetes carnales y de infidelidades.

Esta historia, nos la contó el propio taxista a los chicos del barrio donde crecí; yo lo oí con mis propios oídos. Debo decir que cuando hablaba de aquel demonio, sus ojos tambaleaban y no acertaban a ver, pero cuando mencionaba su Biblia, su corazón se calmaba y sus ojos brillaban con la luz de la paz.

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