Una Extraña Visita

No es fácil contar algo tan profundo del corazón. Es un extraño sentimiento y una muy rara sensación las que bloquean las palabras.

Una soledad siempre es intensa cuando se recorre un sendero oscuro, con una luz tenue que logra traspasar las nubes para que la Luna se haga presente. La Luna, el satélite de los solitarios y de los amores perdidos. ¿Quién inventaría la mentira de que hay que bajar la Luna para conquistar amores? mentiroso aquel ser que no disfruta del astro compañero de los solos.

Esta pequeña historia empieza así, en un camino, en una noche cualquiera, con un solitario cualquiera. Una calle empedrada y un cerco de pencos que siempre llaman a la reflexión, a preguntarse por los destinos y las voluntades, la de Dios y la del Hombre, la de quien se alumbre con un rayo de Luna.

Hacia el fondo, mientras caminaba por el sendero, siempre confiando en la Luna, con las nubes esperando estorbar pero sin poder, estaba allí, majestuosa y grande con varias cúpulas brillantes y doradas. Era una catedral de vitrales hermosos y capiteles espectaculares. Cada cúpula, las pequeñas y las grandes, terminaban con una hermosa cruz dorada y brillante.

Llegó, y parado desde el nártex miró hacia la nave central y había mucha gente esperando. Unos niños corrieron hacia afuera y gritaron un gol. Adentro el calor se hacía sentir, muy humanos y bondadosos. Hacia la izquierda estaba una banda de música que, pedía se acerquen a recibir un pequeño folleto, para que puedan seguir los cantos.

Se quedó en silencio en el umbral de aquella puerta. Vio que desde una puerta lateral al fondo de la nave central, salía un sacerdote, muy bien vestido con trajes ceremoniales. Se asombró un poco, porque esos trajes estaban como rasgados y raídos. Claro, no dijo nada, solo siguió mirando sin comprender.

Mientras miraba al altar, a su lado derecho apareció otro sacerdote y se paró junto a él, y de esta manera llegaron y se colocaron en la entrada del nártex, unos nueve o diez más. Uno de ellos, se adelantó a través de una alfombra, que hacía un corredor central entre las bancas llenas de gente; cuando llegó al centro del templo, miró a los sacerdotes que se quedaron atrás y que estaban junto al solitario, y les hizo una señal para que también avanzaran. No lo hicieron y esperaron.

Aquel sacerdote llegó hasta el altar y le dijo algo al oído del celebrante; éste levantó la vista y con la mano en alto llamó a los demás que estaban al fondo. En el momento en que salían hacia el altar, uno de ellos, el más cercano al extraño visitante le dijo: –

¿Qué esperas?.

No entiendo, le respondió.

Claro que entiendes, le dijo, –ven, que a ti también te están llamando.

Tomándole del brazo le llevó con él hacia el altar.

Llegaron al frente y un hombre los condujo hacia una habitación interior, algo como una sacristía, allí esperaban unos trajes ceremoniales, perfectamente dispuestos y de pie, como sostenidos en el aire, listos para que alguien los usara; uno a uno los sacerdotes se acercaban y solo con acercarse se fundían con el traje que les correspondía. Se quedó mirando desde el final de la columna, y dentro de su mente se decía que para él no hay traje, pues él no se consideraba ese tipo de sacerdote y mucho menos podría fundirse en aquellas vestiduras. Pero, cuando pasó el que estaba delante y se vistió, al final de la sala se vio un traje, el único que aún estaba vacío, había uno más, y el hombre que los codujo allí le dijo:

mira, este es el tuyo, fue un gran detalle que también hayas venido, yo lo sabía, y por eso te preparé los ornamentos.

Estaba como paralizado; avanzó muy lentamente y miró los ornamentos, con una sensación como electrificante pero a la vez muy extraña sintió entrar en él, y de pronto se vio vestido con los ornamentos sacerdotales. Cuando estaba listo también salió a donde le esperaban los demás.

Al salir volvió a mirar el traje raído del celebrante principal y se preguntaba el porqué lo llevaría así, y cuando llegó a su sitio, el sacerdote sonrió y su traje se regeneró, se puso reluciente, fue como por arte de magia que sus vestiduras se volvieron nuevas y brillantes; se diría que se volvieron de oro y con muchas y variadas piedras preciosas.

Enseguida dijo: -ya estamos completos, los que faltaban han llegado, incluso aquel que creíamos que nunca llegaría, hoy vino a estar con nosotros. Nuestra misión hoy se inicia nuevamente y todos nosotros, los de el altar y ustedes los del pueblo fiel, seremos el cambio que traerá la luz que iluminará una nueva tierra.

Dentro del extraño visitante sucedió algo que no se comprendió. Fue como un fuego que cambió su ser. Fue de espacios sin tiempos y universos encerrados en un pequeño y raído corazón. Fue Dios el que entró, fue Dios el que limpió. Fue Dios el que lo salvó.

Nunca más estaría solo, nunca más vería la luz de la Luna como un rayo de tinieblas, sino como una luz de esperanza. Cada Luz en el camino, cada llamado es una Luz.

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