Un Ave del Paraíso

Por Valeria Araya Chaves*

Su canto era proporcional a su belleza. Extasiados, tres niños contemplaban una hermosa ave que estaba posada en un árbol. Anahid y Dibran, sin embargo, no veían nada.

Hace mucho tiempo, en una pequeña aldea cercana al monte Ararat, donde, según cuenta la leyenda, reposa el arca de Noé escondida entre el hielo y la roca, vivían tres niños de familias católicas, unidos por una inocente amistad. Se llamaban Vartan, Narek y Tabel.

Un domingo por la mañana se encontraban jugando junto al bosque cuando un noble y brillante tañido resuena a lo lejos: eran las campanas de la iglesia, que llamaban a Misa. Al oírlo, Vartan inmediatamente paró de corretear y dijo:

—Amigos, ¡ha llegado la hora de recibir a Jesús en la Eucaristía!

Habían hecho la Primera Comunión recientemente y estaban llenos de un entusiasmo primaveral. Cada vez que recibían a Jesús sacramentado la gracia henchía sus jóvenes almas.

—¡Vamos, deprisa! ¡No podemos llegar atrasados! —contestó Narek.

Y rápidamente se dirigieron hacia la iglesia.

No muy lejos de ellos se encontraban Anahid y Dibran, también católicos, pero no practicantes, pues en su corta edad ya se hallaban sumergidos en el vicio y en el error. El hecho de que tres adolescentes anduvieran alegres para participar en la ceremonia religiosa era visto por ellos con un asombro que enseguida se transformó en odio y envidia.

Al ser algo mayores que Vartan, Narek y Tabel decidieron gastarles una broma que les hiciera desistir de su objetivo. Entonces se ocultaron entre los arbustos y cuando los tres amigos pasaron a su lado dieron un grito tremendo y salieron de su escondite, riéndose siniestramente.

—¿Adónde vais? ¿No queréis divertiros con nosotros? —les preguntaba Anahid.

Tabel, el más jovencito, le respondió con ufana firmeza:

—No podemos. Ahora vamos a Misa.

—Jajaja —reía Dibran—. ¡Qué pérdida de tiempo! ¡Dejaos de tonterías!

—¿Cómo? —prosiguió el pequeño, indignado—. ¿Una tontería el ir al encuentro del propio Dios?

Y Dibran continuó diciendo:

—Qué cosa anticuada… Cuentecito para niños bobos.

Narek, enfurecido, no se contuvo:

Tontos sois vosotros, que despreciáis el don más grande dado a los hombres: ¡la Eucaristía! Vamos, amigos. No perdamos el tiempo con estos… —y se mordía los labios sin terminar la frase, mientras miraba con pesar a aquellos chicos que veía hundidos en el vicio.

Tabel, antes de darles la espalda, les prometió:

—Rezaremos por vosotros.

En la Misa, durante la consagración, los tres amigos se miraban y juntos elevaban al altar una súplica por Anahid y Dibran. Pedían la conversión o el castigo, pero sobre todo rogaban para que Dios no fuera nunca más ofendido. Sí, pues aquellos jóvenes habían perdido su mayor tesoro: la luz de la inocencia.

Terminada la celebración, cuando aún estaban a pocos metros de la iglesia, los tres devotos niños se sorprendieron con una silueta luminosa que pasó sobre sus cabezas. Pero la sorpresa fue aún más grande cuando, poco después, escucharon el canto de un pájaro, lindo y armonioso como ningún otro. Curiosos, se dirigieron al lugar de donde venía la dulce melodía.

En la rama de un robusto roble, descansaba un ave que más parecía una joya viva que un animal de esta tierra. Era del tamaño de un águila, con cabeza y cuello muy elegantes, recubiertos por plumas azules de diversos tonos que recordaban al topacio y a la aguamarina.

Su pico era fino y desafiante. Parecía hecho de metal precioso. Tonos de turquesa y plata refulgían por todo su cuerpo; y su pecho parecía hecho de esmeralda. La larga cola estaba enriquecida por matices violeta.

Los tres niños nunca habían visto cosa igual. Se quedaron encantados contemplando aquella ave. Pero no sabían que cerca de ellos, en el camino, estaban los dos chicos incrédulos, observando con espanto la aptitud de sus amigos delante del roble…

Anahid y Dibran se aproximaron, al pensar que se estarían burlando de ellos, pues tan sólo veían las ramas del árbol. Aquel pájaro era invisible para los ojos corrompidos por el pecado.

Enojados, gritaron:

—¿Qué espectáculo ridículo es ese? ¿Queréis tomarnos el pelo?

Tabel, espantado, le respondió:

—¿Acaso no veis esa ave maravillosa? ¡Mirad qué colores tan espléndidos!

Y Vartan exclamó:

¡Debe ser, sin duda, un ave del Paraíso!

Apenas había terminado de hablar y el pájaro emitió una linda melodía que todos, incluso Anahid y Dibran, pudieron escuchar. Los dos continuaron buscando entre las hojas… pero no vieron nada.

—Su canto es proporcional a su belleza —comentó Narek.

Anahid y Dibran se quedaron profundamente avergonzados. Sabían que su estado pecaminoso era lo que les impedía ver a esa ave. Entonces el pequeño Tabel, inspirado por la gracia, se acercó a ellos y les dijo:

—Creo que deberíais confesaros…

Habían recuperado el estado de gracias, pero aun así tal vez nunca más
podrían ver a aquella extraordinaria criatura…

Ellos bajaron la cabeza. No podían negarlo: era verdad. Arrepentidos, fueron a la iglesia acompañados por el solícito Tabel.

Tras restablecer la amistad con Dios, el niño llevó a los dos chicos hasta el altar de la Virgen y les dijo:

—No hay nada que Ella no pueda arreglar. Incluso la inocencia restaura. Pedidle con fuerza y entusiasmo y tened por seguro que os escuchará.

Difícil era saber, para quien contemplara la escena, quiénes tenían más fervor: si los dos jóvenes convertidos o Tabel, que deseaba profundamente verlos en el camino de la virtud…

Mientras estaban rezando, llegaron por fin Vartan y Narek y les avisaron que la hermosa ave se había marchado. Los dos chicos se quedaron apenados. Habían recuperado el estado de gracia, pero aun así tal vez nunca más podrían ver a aquella extraordinaria criatura.

Sin embargo, de repente, vieron entrar por la puerta del templo a ese pájaro misterioso, que sobrevoló alegremente por encima de la Reina del Cielo en medio de resplandores de luz y de color.

Los cinco niños no cabían en sí de felicidad. La gracia les había abierto los ojos del alma para contemplar las maravillas que Dios les reserva a los inocentes.

Después de un sublime canto de despedida, el ave desapareció. ¿Sería un ángel o un pájaro del paraíso terrenal? Los niños nunca lo supieron. Pero su belleza, premio de la inocencia, jamás la olvidaron. ◊

*Tomado de Revista Heraldos del Evangelio. Abril 2021

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