MADRE Y SERVIDORA DE LAS HERMANAS

MADRE Y SERVIDORA DE LAS HERMANAS
De los escritos de la beata María Ángela Astorch

Esme de suma mortificación verme prelada y haber de mandar, sobre todo por tener que responder del aprovechamiento espiritual de las religiosas.

Sentí que el Señor me decía en el íntimo del alma: Muéstrate en todo dechado de buenas obras. Con esto quedé enseñada sobre mi obligación de servir de ejemplar a las hermanas y de aventajarme en más perfección. Mi norma es sufrir y callar, y llevar el peso que las cosas de gobierno traen consigo, como sierva de la casa del Señor. Me juzgo indigna de estar entre las siervas del Señor.

Tengo presente que no a todas lleva Dios por un camino. Debo ayudarlas, con suavidad y dulzura, a caminar el paso que él ha marcado a cada una, sin pretender enfilarlas a todas de la misma manera.

Mi ordinario obrar es a vista de mi divino Señor. Sufro y me resigno, tengo paciencia y callo, niego mi gusto y querer y entender, uno mi sentir al parecer ajeno, con humilde dejo, en las cosas indiferentes. Venero en mis religiosas la santidad oculta que Dios ha infundido en sus almas. Tolero sus condiciones y naturales, sabiendo que somos vasos quebradizos. De sus flaquezas no me admiro, si bien las compadezco, por lo que puede haber de detención en ellas para ser santas, y más por no ser Dios más servido, a quien es cosa indigna servir sin mucha santidad, pureza y humildad. Y así las voy conllevando.

Ardo en ansias de que todas mis religiosas gocen de lo que yo siento y gozo en las comunicaciones íntimas del Señor, con mejoras en las virtudes; y deseo que ello sea sin advertirlo yo, sino de pronto y al primer golpe, por la gracia interior que obra en cada una, quedando yo humillada y aniquilada en mi nada, igual en los quereres de Dios como en sus permisiones. Muchas veces me privé del sustento de mi espíritu para darlo a ellas, complaciéndome en los alientos y en la consolación que recibían.

Estoy atenta a llevar sus condiciones y naturales y a acudirlas en sus necesidades, aunque me lo quite de mi comodidad. En cuanto a sus faltas y caídas, me parecen muy leves en comparación de las mías. Pero la falta o descuido no la puedo hacer buena, so pena de ignorar la verdad. Las excuso, pero, como tengo el cuidado de ellas, procuro se corrijan y se ajusten a dar buen ejemplo, al exterior, y más ante Dios, cumpliendo con sus obligaciones conforme lo exige nuestro estado y el ejercicio de la virtud.

Me ejercito en morir a mí misma, dando a mi divino Señor mi vida en sacrificio. Y no me faltan ocasiones, porque me guiso a mí misma para comida gustosa de todas, pero no con tanta facilidad que, en diversas ocasiones, no sienta mi natural muchas dificultades, apeteciendo el descanso de no llevar esta cruz y de no tener que morir tantas veces en los sacrificios que se ve obligado a hacer mi entendimiento. Dejo pasar en las cosas de poca importancia, no dándoseme nada se haga lo contrario de mi sentir y querer. El ajustarme a todos los naturales es, sin duda, obra de la gracia.

Las llevo a todas encerradas en mi corazón. Las amo tanto, que daría mi vida, si necesario fuera, por cada una de mis hijas; más aún, para su mayor santidad, la diera públicamente en el suplicio más afrentoso del mundo.

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