UNA VIDA PENITENTE ES PRENDA DE SALVACIÓN

UNA VIDA PENITENTE ES PRENDA DE SALVACIÓN
De la Exposición de san Juan Crisóstomo sobre los salmos

En el salmo sexto se nos habla del verdadero fruto de la penitencia, de los beneficios que producen los sollozos. El corazón contrito está libre de torcidas inclinaciones. Imitemos esta vida: y si alguno pretende burlarse de nosotros, aunque sea rey, no nos preocupe perder su amistad. Nada hay más ignominioso en el hombre, por muy encumbrado que se halle, que estar sometido al vicio. De la misma forma, nada más noble que poseer la virtud, aunque se esté privado de libertad en prisiones.

El Señor ha oído la voz de mis sollozos. No dice el salmo: «Ha oído mi voz», simplemente, sino: «La voz de mis sollozos». Amplía mucho más su contenido al mencionar la voz y conjuntamente los sollozos, pues, cuando dice voz, no se refiere a la intensidad del clamor, sino a la disposición interna del alma; y cuando añade sollozos, no se fija tanto en las lágrimas que vierten los ojos, cuanto en el gemido que emerge de lo profundo del corazón.

Dios acoge la oración de quien ha elegido el camino de la penitencia, ganándose, además, el precioso don de conmover a los otros y de disponerles a la penitencia de sus culpas y a abandonar la senda que conduce a la perdición. Todos mis enemigos, confusos, retroceden, súbitamente aterrados. Esta súplica es útil, y diría yo que pudorosa e íntima. Quienes viven en el pecado, si se avergüenzan y retroceden confusos, se verán libres de todo vicio. A la manera que nosotros, encontrándonos casualmente con un hombre que se halla perdido, sin rumbo, por lugares tortuosos y en trance de caer en un precipicio, le libramos porque con voz potente le decimos: «Hombre, ¿a dónde vas?». Hay otro precipicio ante tu vista: los pecadores, para los que tú logras que retrocedan de su mala vida. Otro símil: el caballo encabritado, y no reprimido a tiempo, corre el peligro de morir repentinamente.

Escojamos, hermanos, la senda de una vida penitente, que es prenda de salvación; tomemos antídotos eficaces contra la perversión del corazón. Porque verdadera penitencia no es la que se proclama con los labios, sino la que se consolida con las obras; es verdadera penitencia la que procede del corazón y borra nuestra iniquidad.

Isaías dice: «Lavaos, limpiaos, quitad vuestras fechorías de delante de mi vista». ¿Qué sugiere esta redundancia de palabras? ¿No hubiera bastado con afirmar «quitad vuestras fechorías»? ¿A qué, pues, añadir «de delante de mi vista»? Porque distinta es la mirada de los hombres de la mirada de Dios: El hombre mira las apariencias, pero Dios mira el corazón. No falsifiquéis, pues, el verdadero rostro de la penitencia, quiere decir el profeta, sino haced frutos dignos en obras de arrepentimiento sincero ante mi vista, que escruta los secretos más íntimos de vuestro corazón.

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