Angel en los Andes

Ésta es una esas historias que prueban la existencia de esos seres enviados por Dios para ayudarnos

El Dr. Raymond Edman (1900) fue un reconocido conferencista y profesor de literatura, además de misionero cristiano. Durante veinticinco años fue presidente del Wheaton College, en Wheaton Illinois, universidad donde estudió el reconocido reverendo Billy Graham, y una larga lista de reconocidos personajes del cristianismo estadounidense. Billy Graham en el funeral del Dr. Edman se refirió de él como «un místico en el mejor sentido de la palabra» «Gran parte de su vida siempre estuvo en el cielo» El Dr. Raymond Edman también era un ferviente creyente en la existencia de los ángeles y que forman parte de nuestra vida diaria. Decía que los ángeles están presente a nuestro alrededor de forma normal, sin raras vestimentas ni grandes cualidades: «nada en su vestimenta o habla los haría diferentes de los demás presentes» «Solo el corazón que discierne entiende, y eso generalmente mucho después, que el extraño que ayudó en un momento de emergencia era realmente uno de los ángeles de Dios». Y contó al boletín de su alma mater una experiencia que tuvo en los Andes ecuatorianos en Sur América:

De 1923 a 1928, Edman y su esposa fueron a las montañas de Ecuador a prestar sus servicios de misioneros. Vivían en las zonas periféricas de la ciudad donde podían llegar tanto a los ciudadanos de habla hispana como a los indios, aunque éstos últimos eran tímidos y desconfiados.

La misión era complicada debido a que la gente no quería su presencia en esas tierras: «La gente era antipática, y algunos eran fanáticos en su amarga oposición a nuestra presencia en su ciudad», recordó Edman. «En ocasiones, pequeños grupos se reunían para lanzar insultos y piedras. Los indios del campo eran especialmente tímidos para ser amistosos con nosotros debido a la intimidación de la gente del pueblo. Como resultado, a menudo nos resultaba difícil hacer las compras para los las necesidades básicas de la vida, frutas y verduras, o carbón para la estufa de la cocina». Pero la soledad era quizás más agobiante. La joven pareja nunca tuvo miedo, pero con la falta total de un grupo de apoyo, incluso un amigo alentador en esta tierra desconocida, su aislamiento emocional debe haber sido intenso. Y debido a su conciencia de que algún extraño podría acosarlos o entrar a su casa para robar, mantuvieron la puerta enrejada en su alta cerca de hierro todo el tiempo, probablemente aumentando su sensación de desconexión.

La pareja, como parte de su misión, alimentaba extraños que evidentemente estaban en muy malas condiciones. Intentaban comprar sus víveres de los indios que pasaban por el pedregoso camino junto a su casa. Una vida en soledad que empezaba a cansar.

Sin embargo, un día mientras almorzaban en el patio trasero de la casa, escucharon unos golpes en el portón principal. Salió Raymond con su llave a ver quien era; cuando abrió la puerta encontró a una india viejecita que entre español y quichua lo saludó. Levaba un sombrero grande, el típico de los Andes, tenía un vestido de lana muy tosca y un cinturón de colores muy brillantes. Tenía una pequeña alforja y un chal azul, pero no vendía nada de víveres ni artesanías.

Cuando el Dr. Edman le habló, ella respondió, siempre en una mezcla de español y quichua, y señalando una frase del evangelio que se encontraba escrita en la pared de la entrada: ¿Son ustedes los que vienen a hablar de Dios?

El misionero se emocionó un poco y respondió: «Sí, mamita» «nosotros somos». Aquella mujer, entonces, empezó a bendecir la casa y, a orar por más bendiciones y guía para la pareja de misioneros. En un momento bajó su mano, lo miró muy tiernamente y se retiró. Edman se quedó de una sola pieza, no tuvo una reacción instantánea, solo unos segundo después pensó en invitar aquella viejecita a entrar que descanse y como algo, pero la anciana había desaparecido. Salió corriendo a la esquina para alcanzarla pero también fue inútil. Bajó un poco por la calle y encontró a un par de mecánicos a quienes preguntó si la habían visto pasar: ellos negaron haber visto a alguien: «nadie ha pasado por aquí desde hace una hora» dijo uno de ellos. Aquella india viejecita había desaparecido, es como si la hubiese tragado la tierra, dirían por esos lares.

Sin embargo, parecía que su presencia no se había ido. Alrededor de Edman había como una nube de paz y aroma dulce, no solo aquel día sino durante toda la semana siguiente y aún más. El misionero pensaba que podía ser el aroma de su jardín, pero no, era algo diferente. Además, el Dr. Edman ahora se sentía confiado en su misión, ahora estaba más tranquilo y esperaba en la voluntad de Dios para todo ello.

«Empecé a entender que el Todopoderoso no tenía a ninguno de Sus siervos terrenales a la mano para animar a dos jóvenes misioneros, por lo que se complació en enviar un ángel del cielo», concluyó Edman, «Durante los muchos años transcurridos desde entonces, durante todas las pruebas profundas de la vida, ha habido quedó el resplandor de la bendición de Dios, pronunciado por alguien que se parecía exactamente a una anciana india quichua. »12

12. From «I Too Saw an Angel» by Raymond Edman, originally published in Bulletin of Wheaton College, December 1959.

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