PERDIMOS NUESTRAS VIDAS POR PREDICAR EL EVANGELIO

PERDIMOS NUESTRAS VIDAS
POR PREDICAR EL EVANGELIO
De las cartas de san Pedro Bautista, camino del martirio

A seis hermanos de los que acá estamos nos han tenido presos muchos días, y nos sacaron por las calles públicas de Meaco con tres japoneses de la Compañía, uno de los cuales era hermano recibido ya, y otros cristianos, que por todos somos veinticuatro. Y después de esto se dio sentencia que nos crucificasen en Nagasaki, donde ahora vamos de camino por tierra, que son más de cien leguas de Castilla, por ser en este mes y llevarnos a caballo, y muy bien guardados, porque llevamos algunos días más de doscientos hombres para nuestra guardia. Con todo eso, vamos muy consolados y alegres en el Señor, porque la sentencia que se dio contra nosotros dice que porque predicamos la ley de Dios contra el mandato del rey nos mandan crucificar, y a los demás por ser cristianos.

Los que tuvieren espíritu de morir por Cristo ahora tienen buena ocasión. Lo que yo siento es que se animarían mucho los cristianos si por acá viesen religiosos de nuestra Orden; aunque puede tener por cierto que, mientras durase este rey, no se conservarán muchos días en Japón en nuestro hábito, porque luego los trasladarán a la otra vida, ad quam nos perducat.

La sentencia que se dio contra nosotros traen públicamente delante de nosotros, escrita en una tabla. Dice que porque hemos predicado la ley de Nauan contra el mandato de Taycosama, y que en llegando a Nagasaki nos crucifiquen; por lo cual estamos muy alegres y consolados en el Señor, pues que por predicar su ley perdemos las vidas. Venimos seis frailes y dieciocho japoneses, contenidos en la sentencia; unos por predicadores y otros por cristianos. De la Compañía de Jesús viene un hermano y un dóxico y otro hombre.

Sacáronnos de la cárcel y subiéronnos en unas carretas, y a todos los dichos cortaron a cada uno un pedazo de una oreja, y así nos pasearon por las calles de Meaco, con mucho aparato de gente y lanzas. Volviéronnos a la cárcel, y otro día nos llevaron bien atados, las manos atrás, y a caballo, a Usaca; y otro día nos sacaron de la cárcel y nos pasearon en caballos por las calles de la ciudad, y nos llevaron a Sacay y allí hicieron lo mismo, y con pregón público en todas tres ciudades. Entendimos que nos quitarán las vidas, pero a la vuelta supimos en Usaca que mandaban viniésemos a Nagasaki a lo dicho.

Por amor a Dios pedimos todos con mucho fervor oren por nosotros, que el viernes que viene, creo, sin falta nos crucificarán, según lo que acá he oído. En ese mismo día nos cortaron en Meaco parte de una oreja. Por grandes mercedes de Dios tenemos todo lo dicho. Ayudas, hermanos carísimos, de oraciones, para que sean gratas a su Majestad nuestras muertes, que en el cielo, donde esperamos ir, Deo volente, seremos gratos, y acá no he estado olvidado de vuestras caridades, antes los he tenido y tengo en mis entrañas. Adiós, hermanos carísimos, que no hay lugar para más. Usque in coelum. Mementote mei [Hasta el cielo. Acordaos de mí].

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