MENSAJEROS NOCTURNOS

MENSAJEROS en la Noche

Los Ángeles se aparecen muy rara vez, de la misma manera, tampoco se quedan mucho tiempo; No hacen más que visitar y marcharse.

JOHN NORRIS «A LA MEMORIA DE SU SOBRINA»

En una reunión de amigos o de familia, a veces surgen las anécdotas sobre ángeles, y cada uno busca entre sus recuerdos aquella ocasión en que fue ayudado por uno de estos seres de luz. Nunca falta quien la cuente con la emoción requerida para cada caso.

Muchas historias se cuentan de los ángeles; hay tantas que hasta parecen inventadas, pero no lo son, al menos la mayoría. Cuando queremos sorprendernos con una historia, siempre buscamos lo que hizo un ángel por nosotros, y siempre existe una que ronda nuestra memoria y nos recuerda su grata intervención.

La historia que hoy quiero contarles sucedió en los Estados Unidos de América, sí, allí donde dicen que no existe más que dinero; pero la verdad es que hay mucha fe y por supuesto, los ángeles están tan activos como lo están en cualquier parte de nuestra amada Tierra.

Un médico neurólogo de Filadelfia estaba tomando un descanso, luego de un largo turno en el hospital local, y de pronto, una niña llama a su puerta muy agitada:

-Doctor, doctor, lo necesito, dijo la niña muy mal vestida y alterada – Debe ayudarme, mi madre está muy enferma.

De prisa el doctor tomó su maletín y su abrigo y luego de un corto viaje, encontró a una mujer con una neumonía muy grave. La examinó y mientras lo hacía la felicitó por la extraordinaria hija que tenía

-Es muy inteligente, le dijo. – Su inteligencia y persistencia lograron traerme hasta aquí, completó.

La mujer miró con extrañeza al facultativo y le dijo: – Docto, mi hija murió hace muchos meses.

El doctor se quedó perplejo y avanzó hacia el guardarropa y lo abrió y fue más grande aún su sorpresa, cuando allí encontró el abrigo que llevaba puesta la niña que lo guio hacia aquella mujer; además la lluvia no lo había mojado.

Pero no es el único relato de este tipo, está también el del padre O’Keeffe de Cork, Irlanda, quien fue llamado por un apuesto joven para atender a una mujer que se estaba muriendo. El sacerdote siguió al hombre a un sector pobre de Cork en el que no se podía ver nada más que establos destartalados. Un poco alterado preguntó al joven: «¿Dónde diablos se encuentra esta persona? ».

Ya estamos cerca del lugar, Padre, dijo el joven, y desapareció instantáneamente.

El sacerdote estaba asombrado y perdido, hasta que escuchó gemidos cerca y encontró a una joven muriendo en un estercolero. Ella le dijo que su familia había sido acomodada y ella había asistido a una escuela monástica, donde las hermanas le habían dicho que llamara a su ángel de la guarda si alguna vez lo necesitaba.

La mujer había tenido una vida miserable y libertina y ahora, estaba abandonada. Pero el ángel no la dejó morir sola, porque ella recordó sus primeras enseñanzas y le rogó a su ángel de la guarda para que le trajera un sacerdote, y así lo hizo.

Altar de la Sagrada Familia. Chicago

Algo parecido sucedió en Chicago a finales de los setenta del Siglo XIX. El Padre Arn Damien, jesuita, fundó la parroquia de la Sagrada Familia, templo que aún se mantiene en pie, justo al oeste del Campus Circle de la Universidad de Illinois en Roosevelt Road. El padre Damián fue un destacado predicador y viajó mucho. También desarrolló una gran sociedad de monaguillos en la parroquia de la Sagrada Familia. Durante los últimos días del siglo XIX, a cientos de jóvenes de Chicago se les enseñó a ayudar al sacerdote en la misa.

Pasaron los años, el padre Damián envejeció y se jubiló parcialmente. Sucedió que, en una noche especialmente fría y ventosa, dos jóvenes llegaron a la rectoría de la parroquia de la Sagrada Familia donde vivía el padre Damián y tocaron el timbre. La abuela de estos jóvenes estaba terriblemente enferma, esto le explicaron al portero cuando abrió la puerta, y ella necesitaba urgentemente un sacerdote que la preparara para su paso al más allá.

«Hace demasiado frío y llueve esta noche», dijo el portero a los chicos. Enviaremos un sacerdote por la mañana.

Pero el padre Damián había oído sonar la campana y se acercó a los muchachos. «Voy a ir con ustedes de inmediato», les dijo. «Pasen y caliéntense mientras yo voy a la iglesia para la Sagrada Comunión».

El padre Damián siguió a los muchachos por las calles frías y desoladas. Lo condujeron por fin, a un rincón alejado de la parroquia, a más de un kilómetro de la rectoría. «Ella está en las habitaciones del ático, padre», dijo uno de ellos, señalando un edificio en ruinas.

El sacerdote subió las escaleras estrechas y oscuras. De hecho, la puerta del último piso estaba abierta. Al entrar en el apartamento oscuro, encontró a una anciana, enferma, vieja y cerca de la muerte. Rápidamente la ungió y le dio la Santa Comunión para su viaje a la eternidad. – «Padre», susurró la anciana cuando terminó la bendición, «¿cómo fue que usted vino? Solo algunos vecinos saben que he estado enferma y ninguno es católico».

Pues tus nietos me trajeron aquí contigo —explicó el sacerdote—.

La mujer cerró los ojos y con un gemido dijo: «Tenía dos nietos, padre», respiró y continuó, «ellos eran monaguillos en la Iglesia de la Sagrada Familia. Pero ambos fallecieron, hace muchos años».

¿Los pequeños mensajeros eran ángeles? El padre Damián así lo creía. Y para conmemorar esta visita celestial, hizo colocar estatuas de dos acólitos, sosteniendo velas y uno frente al otro, colocadas a ambos lados de la entrada del santuario de la iglesia, donde aún se encuentran.

Parafraseado del original de Joan Wester Anderson

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