SAN JOSÉ ISABEL FLORES VARELA

SAN JOSÉ ISABEL FLORES VARELA.

Nació en Santa María de la Paz (Guadalajara, México) el año 1866, y se ordenó de sacerdote en Guadalajara en 1896. Fue capellán de Matatlán, en la parroquia de Zapotlanejo, y durante 26 años derramó la caridad de su ministerio en esa capellanía, siendo para todos un padre bondadoso y abnegado que los edificó con su pobreza, su espíritu de sacrificio, su piedad y su sabiduría. Un antiguo compañero, a quien el Padre Flores había protegido, lo denunció ante el cacique de Zapotlanejo y fue apresado el 18 de junio de 1927, cuando se encaminaba a una ranchería para celebrar la Eucaristía. Fue encerrado en un lugar degradante, atado y maltratado. El 21 de junio de 1927 fue conducido al camposanto de Zapotlanejo. Intentaron ahorcarlo, pero no pudieron. Ordenó el jefe que le dispararan. Misteriosamente las armas no hicieron fuego contra el Padre Flores por lo que uno de aquellos asesinos sacó un gran cuchillo y degolló al valeroso mártir.

* * *

Nació en El Teúl, Zac. el 20 de noviembre de 1866*
Murió en Zapotlanejo, Jal. el 21 de junio de 1927
Sus restos se encuentran en Matatlán, Jal.

Durante la suspensión del culto público, muchos obispos y sacerdotes mexicanos se concentraron en las ciudades importantes o en el extranjero; otros, muy pocos, decidieron arriesgarlo todo permaneciendo en sus circunscripciones territoriales. Ese fue el caso del Beato José Isabel, cuya fe, esperanza y caridad, constantes en su vida personal, lucen sobre manera en su martirio; en estado de persecución religiosa siguió atendiendo a los fieles, tanto en la cabecera de la Vicaría, como en numerosos ranchos.

El Padre Flores administraba los sacramentos con toda cautela en domicilios particulares, pues ser denunciado a la autoridad pública equivalía a aprehensión, tortura y muerte.

Precisamente un protegido suyo, Nemesio Bermejo, denunció su paradero al presidente municipal de Zapotlanejo, Jalisco, Rosario Orozco, cacique de la región y anticlerical furibundo. La madrugada del 13 de junio de 1927, Orozco y un grupo de subordinados, sorprendieron al Beato Flores Varela, mientras se dirigía del rancho La Loma de las Flores a Colimilla, donde se disponía a celebrar la Eucaristía.

Fue despojado de su cabalgadura y sin consideración a sus 60 años de edad, fue obligado a caminar sin tregua una distancia considerable. En el curato de Zapotlanejo, transformado en cuartel, se representó una farsa de juicio, Orozco le ofreció liberarlo si aceptaba públicamente y por escrito, la ley reglamentaria del Artículo 130 de la Constitución; el padre Flores rechazó la oferta.

La mañana del 21 de junio, luego de ocho días de agresiones, cuatro subordinados de Orozco condujeron a la víctima al cementerio de esa municipalidad; deslizaron una reata a la rama de un árbol y le lazaron el cuello; para atormentarlo lo suspendían hasta casi provocarle la asfixia; la operación se repitió tres o cuatro veces para finalmente amagarlo con sus armas.

El mártir, muy sereno, les dijo: Así no me van a matar hijos, yo les voy a decir cómo; pero antes quiero decirles que si alguno recibió de mi algún sacramento, no se manche las manos. Uno de los presentes, el que debía ejecutarlo, exclamó: Yo no meto las manos, el Padre es mi padrino; él me dio el Bautismo. El que hacía de jefe, muy indignado, lo increpó: Te matamos también a ti. El soldado prefirió morir junto con su padrino y allí mismo lo asesinaron.

Muy nerviosos, los verdugos quisieron consumar su obra, pero sus armas, sin justificación alguna, se trabaron. Finalmente, alguien deseoso de congraciarse con Orozco, degolló al padre Flores con un machete, hecho lo cual, lo sepultaron de inmediato.

Después de algunos años, los feligreses de Matatlán exhumaron los restos mortales del sacerdote, colocándolos en el Templo de Matatlán, donde se conservan hasta el día de hoy. Su recuerdo sigue vivo y son muchos quienes se encomiendan a su intercesión, pues su muerte fue considerada un verdadero martirio.

Nació en El Teúl, Zacatecas, el 20 de noviembre de 1866. Fue adscrito a varias parroquias y trasladado finalmente a Matatlán, donde permaneció hasta su muerte.

Amable, cariñoso, atento, ordenado y puntual, nunca regañaba ni trataba a nadie con desdén; era, además, estudioso y culto.

Una severa infección en la mandíbula le desfiguró el rostro, motivo por el cual se dejó crecer una luenga barba, que imprimía respetabilidad a sus facciones.

Su humildad, abnegación y sabiduría, su ministerio oportuno y caritativo, le merecieron convertirse, durante 25 años, en el alma de Matatlán.

*Segun la Arquidiócesis de Jalisco

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